Cuenta la leyenda que en el lugar donde se encuentra ubicado el pueblo de Almaraz de Duero, había un prado grande y hermoso que destacaba por encima de todos los demás. Su verdor era la esperanza de los habitantes de los 7 asentamientos dispersos por el término, ya que a este prado acudían para poder alimentar a su ganado . En él se hallaba una fuente desde tiempos tan remotos que ningún anciano lograba recordar. Ese idílico lugar fue precisamente el elegido para levantar una iglesia.

Ese prado, esa fuente y esa iglesia aún por finalizar sirvieron de punto de encuentro a las gentes de los 7 pueblos fundadores de Almaraz: El Castillo, La Cadilla, El Tesoro, La Pedrera, Los Ochavos, Santa Cecilia y San Pelayo.

Lugares muy diversos, no poblados por igual. Unos más grandes otros más pequeños...todos conservaban su propia tradición, su propia economía, su propia sociedad. Todos miraban con una mezcla de recelo y curiosidad a las gentes de los otros 6 pueblos que habitaban el lugar.

Cada mañana estos pequeños campesinos acudían al verde prado a pastar con su ganado y con una parada en la fuente lograban saciar su sed.

De repente un año estalló una cruenta guerra en el lugar. Una guerra que logró perturbar la paz de los 7 asentamientos. Entonces los 7 pueblos se unieron y decidieron luchar juntos para poder derrotar al enemigo. Pasó el tiempo y poco a poco los vínculos de amistad entre estos pueblos se fortalecieron más y más. Hasta que un buen día decidieron volver a luchar juntos, esta vez por la construcción de una nueva iglesia, ya que era difícil lograr 7. Una iglesia que no fuese como todas las demás que había en las poblaciones cercanas a Almaraz. Una iglesia que casi pudiese rozar el cielo y les permitiera poder estar más cercanos a Dios.

Y así día a día, semana a semana, año a año gentes de las 7 aldeas comenzaron a habitar los aledaños de la iglesia que habían logrado empezar juntos. Hasta que llegó un día en que los 7 pueblos estaban ya prácticamente deshabitados. Entonces juntos decidieron formalizar lo que ya era desde hace tiempo una realidad, la fundación de un pueblo, cerca de la iglesia, cerca de la fuente que siempre había logrado saciar su sed; bajo un lema “La unión hace la fuerza tanto en tiempos de guerra como en tiempos de paz”.

Hicieron una gran fiesta para conmemorar el nacimiento del pueblo y decidieron denominarlo Almaraz. El nombre común por el que las personas ajenas al lugar, y al verde prado al que siempre acudía a pastar el ganado, llamaban a los habitantes de los 7 pueblos era “pequeños labrantíos”, ya que eso era lo que eran, lo que siempre habían sido, lo que les unía...

Finalmente, los 7 pueblos fundadores quedaron desiertos para formar uno nuevo unido y más fuerte, pero cuenta la leyenda que con sólo acariciar la tierra de esos lugares, o cuando la lluvia la acaricia, te revela la historia de los 7 pueblos fundadores de Almaraz.

Si las futuras generaciones no se olvidaran de esto, Almaraz nunca moriría. Por ello esta historia fue transmitida de padres a hijos, para no olvidar a los 7 pueblos fundadores y todo aquello que les llevó a unirse. Para que nunca infravaloraran lo que ahora tenían. Para que no dejasen de apreciar lo que poseían: el alma de un nuevo pueblo construido bajo la idea de que es mucho más lo que les unía que lo que les dividía.

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