Cuenta la leyenda que siglos atrás hubo en Agallas un párroco famoso por su bondad. Un hombre rebosante de virtudes, siempre dispuesto a echar una mano al necesitado, a darle lo que ni siquiera él tenía. Pero el destino a veces sonríe burlón a quienes parecen tener un camino marcado y al final del trayecto quiso colocar algunas piedras para que el bonachón cura tropezase. De la noche a la mañana, sin saber por qué, los lugareños se encontraron con que su cura había renegado de la fe cristiana. ¿Qué había sucedido? ¿Cómo era posible que la persona encargada de conducir a los mortales hacia una vida celestial hubiera cerrado las puertas de la autopista hacia la salvación?

Muchos le preguntaron por la razón que le impulsó a renegar de su fe. Nulas fueron las respuestas. El cura callaba y sólo repetía una frase. Una y otra vez, su deseo de ser enterrado lejos del pueblo, donde no pudiera escuchar las campanas de la iglesia. Así transcurrió sus últimos años hasta que el espectro de la guadaña solicitó su compañía. Algunos vecinos de Agallas recordaron la última petición en vida de su párroco, pero debía ser sepultado en el cementerio, junto a quienes fueran sus feligreses, por lo que su cadáver no quedó muy alejado de la iglesia.

A la mañana siguiente, las campanas del templo tañeron para anunciar el inicio de la misa. Como cada jornada, acudieron para escuchar la eucaristía, más si cabe con la llegada de un nuevo párroco. La expectación era máxima. ¿Sería joven? ¿Sería viejo? ¿Sería cascarrabias? ¿O un buen hombre como su predecesor? Entre cuchicheos y susurros apareció por la puerta de la sacristía el nuevo cura, pero justo cuando iba a colocarse delante del altar para comenzar la ceremonia, las campanas repicaron a muerto. ¿Quién estaba en lo alto de la espadaña si todo el pueblo se encontraba en el interior de la iglesia?

Raudos salieron a la calle los más curiosos. Y paralizados quedaron al contemplar al autor de los sonidos. Era su anterior párroco, deambulando por el campanario, sin rumbo fijo, simplemente amarrado a la cuerda con la que impulsar el movimiento para generar el sonido. Los lugareños huyeron despavoridos. Los alaridos de los hombres, los gritos de las mujeres, los suspiros de los ancianos y el llanto de los niños hacían prácticamente ya imperceptible la potencia de las campanas. Al igual que ellos, el espíritu del cura bonachón se evaporó.

Las campanas no volvieron a sonar aquel día. El temor había nublado la razón de los vecinos de Agallas e inundado sus corazones. Pero no querían creer lo que habían visto, así que acudieron de nuevo a la iglesia para rezar por sus almas. Muchos comenzaban a asegurar que el fantasma del cura les perseguiría hasta la eternidad por no haber cumplido su último deseo en vida. Los más escépticos, sin embargo, lo achacaban a la aflicción por la reciente pérdida de un ser muy querido, capaz de hacer ver lo que no existía. Así que, con todo el pueblo de nuevo dentro del templo, se tañeron las campanas. Y una vez más, en esta ocasión junto al altar, apareció el anterior párroco en dirección hacia el campanario. ¡Estamos malditos!, gritaban algunos vecinos. ¡Viene a por nuestras almas!, vociferaban otros mientras todos huían para cobijarse en sus casas.

Durante toda una semana nadie osó acercarse a la iglesia. Mucho menos repicar las campanas. Y durante todo este tiempo no hubo rastro alguno del anterior cura. Los vecinos decidieron cumplir su petición, enterrarlo lejos del pueblo, donde no pudiera escuchar las campanas. Así lo hicieron. Exhumaron el cadáver, lo envolvieron en un pulcro lienzo y lo transportaron hasta el monte, cubriendo su improvisada tumba con unas lanchas de pizarra. Las campanas volvieron a tañer en Agallas, pero el cura incrédulo jamás regresó de entre los muertos.

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